Ana
Pensar, pensar...
Era un lugar cálido, un mono-ambiente sencillo. Estaba dividido con un biombo de papel de arroz, tenía un futón cubierto con una funda hindú, y algunos almohadones con fundas de colores tejidas a crochet.Ana estaba un poco distraída mientras miraba la pava eléctrica y cargaba el mate. Estiró la mano para tocar el grabado en el acrílico. Un reconocimiento, algo pequeño, que tenía una carga enorme.
Dos años de una eternidad que se había terminado. Hacía exactamente dos años, ni un día más, ni un día menos. Lo recordaba perfectamente porque coincidía con la inscripción al concurso.
Todo había comenzado allí -bueno, no todo comenzó allí, fue allí cuando se hizo visible-.
Tenía ojos marrones, un pelo entre nueces y castañas, ondulado apenas sobre sus hombros, solía llevarlo recogido. Su rostro tostado se veía suave y parecía tener luz propia, sus labios de tono entre rosas y cerezas, eran el detalle necesario para formar una sonrisa inolvidable.
No era ni alta ni baja y no era delgada, estaba en su peso, decía Juliana, su mejor amiga.
Ella se miraba al espejo y se veía bien, se consideraba atractiva, pero no se ponía a ella y la palabra bonita en la misma frase.
Tenía treinta y siete años, psicóloga, nunca había ejercido. Estudiaba para aprender, decía.
Empezar
Para poder entender qué sucedió dos años antes, iremos doce años atrás.Ana cursaba el último año de Psicología, y trabajaba en un local de venta de ropa. En los ratos libres escribía poemas donde daba vida a las prendas de la vidriera, y las hacía expresarse como los autores que estaba estudiando. Pasaba sus francos en un barsucho sobre la Av. Rivadavia. Pizza, maní y cerveza, esa era la leña que quemaba una vez a la semana para mantenerse despierta junto con su amiga Juliana, y poder reírse, y sentir que por un momento podía olvidarse de todo, aún a pesar de tener un trabajo mediocre, mantenerse sola, haberse criado con un padre alcohólico, y otras tantas piedras en su mochila.
Dos mujeres jóvenes, coquetas, riendo a carcajadas y fumando como chimeneas (en ese entonces todavía se podía fumar en todos lados). Eran un imán de miradas, por lo que la segunda cerveza solía ir gratis. Y, gratis también, eran abordadas por numerosos candidatos con las más insólitas frases, que chocaban contra una pared de silencio, seriedad y miradas esquivas. Aunque cada tanto alguno era aprobado, por Ana (Juliana estaba en pareja con una ex compañera del secundario, se reencontraron cursando el CBC y no volvieron a separarse). Uno de esos candidatos era Hernán, un habitué del lugar, que había tenido intenciones con su amiga hasta que ésta insinuó no interesarse por los hombres y entonces continuó insistiendo, pero con Ana. Era socio de un gimnasio e iba día por medio a hacer rutina con aparatos.
Buscaba excusas de lo más ridículas para acercarse a la mesa a saludar, y pedir permiso para sentarse, a lo que siempre recibía la misma respuesta "No, gracias, estamos bien así". Una madrugada, se acercó con tres mazos de cartas en la mano. Se veía venir un truco de magia, y Juliana estaba preparándose para el clásico no-gracias.
Hernán se dirigió a hacia Ana:
-¿Si alguno de estos tres te sorprende, me podré sentar?
-Bueno, dale- Respondió Ana
Uno tenía imágenes de trabajos de Warhol, otro de Dalí, y el otro de Van Gogh.
Obviamente no se lo esperaba, pero ella, que era una comandante endurecida en el campo de batalla, no quiso entregar el fuerte así como así, por lo que no hizo un sólo gesto. Dijo:
-Si me los regalás, la próxima te dejo pagar la pizza.
-Bien- Respondió él.
Evidentemente las había escuchado conversar de pintura.
Al próximo encuentro, él la esperaba con cara de primer día de clase. Ella entró como siempre, murmurando, tomada del brazo de su amiga. Al llegar a una mesa, el se acerco con una silla. Ana, con su mejor cara de "que no se note que tengo el ancho" -Dije que te dejaba pagar, no que fuéramos a compartirla- Habiendo dicho esto, se sintió un poco mal por él. Pero era una revancha por lo denso e insistente que él había sido durante meses.
-Bien- Dijo Hernán, y se alejó, como perro pa' la cucha.
-O te tiene muchas ganas, o quiere algo serio; el tiempo dirá- Dijo Juliana levantando una ceja.
Se miraron por un segundo y soltaron la carcajada.
Dos meses después, la mesa era de tres, y siempre recordaban el episodio de la pizza y reían.
Seis meses después, la mesa era de tres, pero ya no recordaban el cuento de la pizza, porque él le había dicho que lo hacía quedar como un pelotudo.
Once meses después, la mesa era nuevamente de dos. Juliana ya no iba, tenía poca chispa con Hernán. Y la segunda ronda la pagaba él, no le gustaba que fuera gratis. Decía que Ana tenía algo con el barman (un tiempo después, ella sabría que él había tenido cierta intimidad con la novia de Pablo, el barman).
Un año y medio después, la mesa ya no era. Las salidas ya no eran. Hernán y Ana estaban conviviendo. La única salida era ir a comer a la casa de su suegra. Una situación más que incomoda, Hernán se llevaba terrible con su madre, pero aún así insistía en ir a verla.
Él empezó a ser cada vez más invasivo, le regaló un smartphone para poder "quedarse tranquilo" sabiendo dónde estaba, con el GPS.
Tres años y medio después, con dos años de convivencia, él decide de forma unilateral que se van a ir a Mendoza. La empresa tiene una vacante allá y argumenta que con la mudanza y el cambio de aire, se van a disipar los fantasmas de la infidelidad. Que no era que él fuese inseguro, si no que ella tenía muchos amigos hombres. Ella estaba ciegamente enamorada (o mejor digamos que sólo estaba ciega, eso lo resume mejor, aunque podríamos agregar sorda también).
Ana ya estaba recibida, y su título, para él, era una pelotudez. Un psicólogo era un boludo te cobraba por escucharte hablar. Decía que era ridículo estudiar eso. Que era como hacer una carrera para aprender a respirar.
Cinco años después (un año y medio en Mendoza) ya estaban embalando todo para volverse.
Ana, embarazada de diez semanas. Hernán, gordo como de treinta y seis semanas.
Ella había empezado a tomar clases de Tai Chi Chuan, no sabía nada del embarazo. La vuelta también la decidió él. Dijo que no había las posibilidades de crecimiento que le habían prometido originalmente, entonces volvía a su puesto anterior. Había dos rumores, uno era que se había querido llevar a la cama a la mujer del gerente, el otro era que lo había hecho.
Estando en la ruta sonó el celular de Hernán, al atender se escuchó una voz de mujer, que balbuceaba colérica, pero una frase se oyó fuerte y claro "¡Sos un cobarde hijo de puta!" y cortó.
Ana fingió no escuchar, y preguntó quién había llamado, él respondió que una compañera de trabajo. Aunque eso no cerraba, porque desde el primer día él se había encargado de repetir varias veces, que ella podía quedarse tranquila porque no había mujeres en la oficina, ni una sola.
Durante las diez horas restantes, sólo se rompió el silencio con las cajeras de peaje, y los playeros de las estaciones de servicio. Ana llegó muy descompuesta, fueron directo a la clínica. La guardia estaba saturada, y tuvieron que esperar dos horas. Dos horas ahí en silencio, aumentando la presión. Les dijeron que ahora ya estaba estable, pero que había perdido el embarazo, cuya existencia desconocían hasta entonces.
Ana lloró desconsolada, por el embarazo, por la ida, por la vuelta, porque sabía que Hernán había estado con otras mujeres, se lo habían dicho y no lo quiso creer. Lloró por todo lo que nunca había llorado, por el padre que le había tocado, por la madre que no había tenido, por la madre que no sería, por el compañero que Hernán nunca había sido.
Paró un taxi, y fue a la casa de Juliana, que no estaba. Llamó al celular y le dio apagado, entonces esperó. Seis horas tuvo que esperar, hasta que Juliana llegó, junto con su compañera (habían hecho cine y cena). Ana estaba sentada en el cordón de la vereda abrazada al bolso matero, con la cartera colgada, y limpiándose la nariz con un pañuelo que estaba ya más congestionado que ella.
-¡¿Qué te pasó?!- Gritó Juliana corriendo a levantarla.
-¡Perdí el bebé...!- Sollozó Ana, con esfuerzo.
-¿No me dijiste que estabas...?- Respondió Juliana.
-Por que, no, sa bi a nada yo tampo co- Dijo Ana, sumergiéndose nuevamente en el llanto.
Juliana y su compañera, no pudieron más que sumarse al llanto en un abrazo. Lloraban por el reencuentro, por el embarazo perdido, el desengaño, la impotencia. Lloraban porque lloraban, que una vez que se empieza, cualquier motivo es bueno para desahogarse. Ana no volvió a ver a Hernán, sus cosas las fue a buscar Juliana.
Seis años y dos meses después, Ana estaba trabajando nuevamente, había conseguido trabajo en una librería. Estaba viviendo sola y nuevamente sus francos los pasaba en el barsucho sobre la Av. Rivadavia. Pizza, maní y cerveza. Nada era como antes, pero eso no era del todo malo. Había vivido muchas cosas, aprendido mucho. Estaba practicando Tai Chi nuevamente, las cosas empezaban a acomodarse, el agua empezaba a calmarse. Una madrugada, Hernán apareció en el bar, de la mano con otra mujer. Si, sintió nauseas, y ganas de tirarle con la bandeja de la pizza, el envase de cerveza, los vasos, y todo lo que había a mano. Con el maní, no, porque no pesa nada, así que no le iba a doler.
Seis años y cinco meses después, Hernán volvió a ir al bar, solo. Se acercó a la mesa aprovechando que Juliana se había levantado. Le rogó que lo perdonara, que le diera otra oportunidad, porque iba a ser distinto, dijo que había cambiado, que no había tenido malas intenciones, que la extrañaba. Y todas esas frases hechas, que parecieran salir del manual "cómo recuperar a tu pareja cuando corrompiste hasta la raíz de la pareja misma". Ana, no esa madrugada, si no dos francos después, finalmente cedió. Al otro franco, ella fue a la casa de Hernán, a estar un rato con él, antes de ir al bar con Juliana. Él le pidió que no fuera al bar, que se quedara con él. Se habían visto todos los días de la semana, porque el vivía cerca de la librería, y ella se estaba quedando casi todos esos días allí. Pero como era el primer franco desde que se habían reconciliado, le pareció lo correcto.
Esa noche tomó conciencia del nivel de violencia física que había en la relación. Cuando ella sugirió comprar cerveza y hacer pizza, mientras se ponía la campera para ir al chino, y él apareció de la nada y la agarró de los pelos diciéndole "sos una putita de mierda, no te aguantas una semana sin pensar en ese Pablo". Ana no volvió al bar, a Hernán no le gustaba que fuera.
Nueve años y nueve meses después, Ana estaba conviviendo otra vez con Hernán. Había perdido el puesto en la librería, por faltar. Ya no tenía ganas de maquillarse los moretones, y que, indefectiblemente, cuando volviera Hernán la interrogase acerca de si había o no, estado con otro tipo. Porque el GPS marcaba que se había quedado seis minutos quieta afuera de la librería.
Diez años después, Iban en auto, manejaba él y sonó el celular de Ana.
Hernán, por intentar ver que decía el identificador, dejó de ver el volante, y se llevó por delante a un joven que iba en bicicleta. Frenó de golpe, pero ya era tarde.
Ambos bajaron del auto. Él fue a ver cómo estaba su paragolpes delantero. Ella se acercó al joven que intentaba levantarse. Le dijo que se quedara ahí, que iban a llamar una ambulancia y le preguntó cómo se sentía.
Hernán se acercó furioso a reclamarle, cómo que a el no le había preguntado cómo se sentía. Sugirió que ella seguro lo conocía, que el interés seguro venía por ahí. Porque ella era una puta y conocía a todos los hombres. Y que todo era su culpa, porque se distrajo por la llamada del forro con el que se estaba acostando, y más, y más, mucho más, en una escena surrealista, ante la mirada de los transeúntes, y el desorientado ciclista desde su asiento en primera fila.
Entre la paciencia y el miedo, Ana lo dejó gritar y gritar, y cuando finalmente llegó la policía intentando entender que había sucedido, entre la bicicleta hecha un moño, el ciclista sentado en la calle, y el hombre que le gritaba a la mujer.
En ese momento, con la fuerza que le dio la bronca que venia guardando hacía años y años, empezó:
-¡Callate un poco, pelotudo. Me tenés harta con tus celos y tus miedos!-
-¡Acabás de desparramar a un ciclista en medio del pavimento, y me hacés una escena porque le pregunto cómo está!-
-¡Después me echás la culpa del accidente, porque recibí un llamado...! ¡Vos sos el pelotudo que quiso mirar a ver quién me llamaba en vez de preguntar, vos dejaste de mirar para adelante porque sos un sorete!-
La cara de Hernán parecía que iba estallar de odio y verguenza.
Ana seguía:
-Sos un sorete y un cagón de mierda ¿por qué no me agarrás de los pelos ahora que tengo un policía federal al lado mio?-
-¡¿Y sabés quién me llamó? ¡Pelotudo! ¿Quién es el supuesto amante...?!-
-¡Tu mamá, para preguntar si ya ponía los ravioles!-
Se fue corriendo, Hernán no la siguió, porque una policía le dijo que no podía retirarse todavía.
Cuando sintió haberse alejado lo suficiente, se sentó a tomar un café, para recuperar un poco el aliento, y tratar de procesar todo lo que le estaba pasando por dentro. Al lado del café, había una librería de usados. Al salir notó en la vidriera que había un cartel de un concurso de poesía. El vendedor, que la vio mirando el anuncio, y vio su expresión de dolor, se acercó y dijo:
-Lo que sea que esté sintiendo ahora, si es tan fuerte como para que usted esté así, entonces tiene la intensidad necesaria para ser el combustible de una obra de arte. Use su aprendizaje, para enseñar a sentir a los demás. Es una magnífica fuerza creadora.-
Y del bolsillo del saco tomó una libreta y una birome y se la entregó.
-Por favor, escriba- Sonrió, y se fue para adentro del local.
No salió primera, tercer puesto fue lo que obtuvo. Después de la entrega de premios, se acerco una mujer y le ofreció sumarse al equipo de trabajo de una pequeña editorial. Le dijo que estaban buscando gente que vibrara por las letras.
Continuar
Ana volvió a ver a Hernán, muchas veces. Algunas veces por casualidad y otras porque él la buscó, pero lo que no volvió, es a hablarle. Nunca más, ni una sola palabra.
Con Juliana empezó a juntarse cada vez que podía, como mínimo el franco en el bar, una vez a la semana. Aunque la complicada pasó a ser ella porque hace unos meses que finalmente lograron adoptar, una beba. Ana, se llama.

