lunes, 16 de marzo de 2020

Acrobacias

Era una mañana tibia de principios de primavera, Meli estaba haciendo sus ejercicios de estiramiento y Laura preparaba tostadas con mermelada para el desayuno. Sus días de volar en trapecios habían pasado pero igual se mantenían en forma. Cada tanto extrañaban la familia circense, las mesas largas, el frenesí de armar cuando llegaban a un pueblo nuevo, las expectativas del público, los aplausos, las caras sorprendidas.
No extrañaban el bajo ingreso, claro que no. Tampoco extrañaban la inmensa cantidad de situaciones donde su relación era motivo de conflicto. Laura llevaba el cabello corto y tenía la piel muy blanca, Meli una larga cabellera roja y los ojos color cielo.
Había días donde la felicidad de estar juntas les llenaba hasta el alma, que nada más parecía importar. Pero había días donde ciertos recuerdos apedreaban a Meli desde los rincones más oscuros de su memoria, reabriendo heridas y tiñendo de gris su mundo.

Luego de almorzar, Meli fue a terapia como todos los jueves y Laura que había cambiado su franco, fue a hacer compras.

Esa tarde Laura le había preparado una sorpresa. Llevaba meses juntando pallets de la calle y finalmente los había usado para armar en el jardín una pérgola con sillones y una pequeña mesa.

La luna ya se dibujaba sobre un celeste grisáceo de ciudad cuando llegó Meli sollozando con los ojos irritados; había sido una sesión intensa. Se abrazaron fuertemente y fueron derecho hacia el nuevo espacio en el jardín, con una torta recién hecha y más de media botella de oporto.

Esa fue la cena y el postre a la vez. Se quedaron horas mirando el cielo bajo una inmensa manta de parches coloridos tejidos a crochet.

Al día siguiente, el aroma de las tostadas y la mermelada de naranja acompañando al mate, junto con el ejercicio matutino, anunciaban que todo había vuelto a la normalidad.

Jacq

El vapor del pastel de papa serpenteaba sobre la mesa de la cocina. A lo lejos se escuchaba pasar el tren, Jacq y su asma conversaban en el patio como cada mediodía antes de almorzar. El perro de la vecina ladraba a cada persona que pasaba por la vereda y Jacq se lo imaginaba como si contara en voz alta, se imaginaba al bulldog de la vecina clasificando y llevando la cuenta: veintidós niños yendo a la escuela, once señoras haciendo compras, un vendedor de libros…
Jacq siempre había tenido mucha imaginación, según su padre era algo que tenía que ver con su asma y con que pasara tanto tiempo dentro de la casa. Pero su primo José, también había tenido asma desde pequeño y fuera del trabajo no hacía más que mirar fútbol por televisión, por lo que la hipótesis del asma no le parecía válida.
Con esa gran imaginación que tenía, buscaba soluciones para todo lo que sucedía a su alrededor. Esa tarde intentaba resolver la situación de violencia que se vivía en la casa de Lucía, su mejor amiga. Desde su punto de vista, el problema era la relación entre la madre y el padrastro, o mejor dicho, el problema era el padrastro. Pasaba horas leyendo sobre el tema, buscando más y más información en internet, tratando de entender causas y consecuencias, caminos de entrada y salida. Buscando una solución que aplicara al caso de la familia de su amiga.
La tibia brisa de verano le acariciaba el rostro que asomaba por la ventana de su dormitorio, Jacq pensaba en Lucía, elaboraba en su mente un diagrama de flujo que iba de la situación real a la situación ideal. Acariciaba la veta de la madera de su escritorio y murmuraba las opciones más viables.
Lucía vivía cerca de un pequeño centro cultural, con biblioteca, talleres, cine debate, y otras tantas actividades. Buscar ayuda ahí era una una buena opción.