martes, 18 de agosto de 2015

Ana, un cuento escrito como traído de los pelos

Ana 

 

Pensar, pensar...

Era un lugar cálido, un mono-ambiente sencillo. Estaba dividido con un biombo de papel de arroz, tenía un futón cubierto con una funda hindú, y algunos almohadones con fundas de colores tejidas a crochet.
Ana estaba un poco distraída mientras miraba la pava eléctrica y cargaba el mate. Estiró la mano para tocar el grabado en el acrílico. Un reconocimiento, algo pequeño, que tenía una carga enorme.

Dos años de una eternidad que se había terminado. Hacía exactamente dos años, ni un día más, ni un día menos. Lo recordaba perfectamente porque coincidía con la inscripción al concurso.
Todo había comenzado allí -bueno, no todo comenzó allí, fue allí cuando se hizo visible-.

Tenía ojos marrones, un pelo entre nueces y castañas, ondulado apenas sobre sus hombros, solía llevarlo recogido. Su rostro tostado se veía suave y parecía tener luz propia, sus labios de tono entre rosas y cerezas, eran el detalle necesario para formar una sonrisa inolvidable.
No era ni alta ni baja y no era delgada, estaba en su peso, decía Juliana, su mejor amiga.
Ella se miraba al espejo y se veía bien, se consideraba atractiva, pero no se ponía a ella y la palabra bonita en la misma frase.
Tenía treinta y siete años, psicóloga, nunca había ejercido. Estudiaba para aprender, decía.

Empezar

Para poder entender qué sucedió dos años antes, iremos doce años atrás.
Ana cursaba el último año de Psicología, y trabajaba en un local de venta de ropa. En los ratos libres escribía poemas donde daba vida a las prendas de la vidriera, y las hacía expresarse como los autores que estaba estudiando. Pasaba sus francos en un barsucho sobre la Av. Rivadavia. Pizza, maní y cerveza, esa era la leña que quemaba una vez a la semana para mantenerse despierta junto con su amiga Juliana, y poder reírse, y sentir que por un momento podía olvidarse de todo, aún a pesar de tener un trabajo mediocre, mantenerse sola, haberse criado con un padre alcohólico, y otras tantas piedras en su mochila.
Dos mujeres jóvenes, coquetas, riendo a carcajadas y fumando como chimeneas (en ese entonces todavía se podía fumar en todos lados). Eran un imán de miradas, por lo que la segunda cerveza solía ir gratis. Y, gratis también, eran abordadas por numerosos candidatos con las más insólitas frases, que chocaban contra una pared de silencio, seriedad y miradas esquivas. Aunque cada tanto alguno era aprobado, por Ana (Juliana estaba en pareja con una ex compañera del secundario, se reencontraron cursando el CBC y no volvieron a separarse). Uno de esos candidatos era Hernán, un habitué del lugar, que había tenido intenciones con su amiga hasta que ésta insinuó no interesarse por los hombres y entonces continuó insistiendo, pero con Ana. Era socio de un gimnasio e iba día por medio a hacer rutina con aparatos.
Buscaba excusas de lo más ridículas para acercarse a la mesa a saludar, y pedir permiso para sentarse, a lo que siempre recibía la misma respuesta "No, gracias, estamos bien así". Una madrugada, se acercó con tres mazos de cartas en la mano. Se veía venir un truco de magia, y Juliana estaba preparándose para el clásico no-gracias.
Hernán se dirigió a hacia Ana:
-¿Si alguno de estos tres te sorprende, me podré sentar?
-Bueno, dale- Respondió Ana
Uno tenía imágenes de trabajos de Warhol, otro de Dalí, y el otro de Van Gogh.
Obviamente no se lo esperaba, pero ella, que era una comandante endurecida en el campo de batalla, no quiso entregar el fuerte así como así, por lo que no hizo un sólo gesto. Dijo:
-Si me los regalás, la próxima te dejo pagar la pizza.
-Bien- Respondió él.

Evidentemente las había escuchado conversar de pintura.
Al próximo encuentro, él la esperaba con cara de primer día de clase. Ella entró como siempre, murmurando, tomada del brazo de su amiga. Al llegar a una mesa, el se acerco con una silla. Ana, con su mejor cara de "que no se note que tengo el ancho" -Dije que te dejaba pagar, no que fuéramos a compartirla- Habiendo dicho esto, se sintió un poco mal por él. Pero era una revancha por lo denso e insistente que él había sido durante meses.
-Bien- Dijo Hernán, y se alejó, como perro pa' la cucha.

-O te tiene muchas ganas, o quiere algo serio; el tiempo dirá- Dijo Juliana levantando una ceja.
Se miraron por un segundo y soltaron la carcajada.

Dos meses después, la mesa era de tres, y siempre recordaban el episodio de la pizza y reían.
Seis meses después, la mesa era de tres, pero ya no recordaban el cuento de la pizza, porque él le había dicho que lo hacía quedar como un pelotudo.

Once meses después, la mesa era nuevamente de dos. Juliana ya no iba, tenía poca chispa con Hernán. Y la segunda ronda la pagaba él, no le gustaba que fuera gratis. Decía que Ana tenía algo con el barman (un tiempo después, ella sabría que él había tenido cierta intimidad con la novia de Pablo, el barman).

Un año y medio después, la mesa ya no era. Las salidas ya no eran. Hernán y Ana estaban conviviendo. La única salida era ir a comer a la casa de su suegra. Una situación más que incomoda, Hernán se llevaba terrible con su madre, pero aún así insistía en ir a verla.
Él empezó a ser cada vez más invasivo, le regaló un smartphone para poder "quedarse tranquilo" sabiendo dónde estaba, con el GPS.


Tres años y medio después, con dos años de convivencia, él decide de forma unilateral que se van a ir a Mendoza. La empresa tiene una vacante allá y argumenta que con la mudanza  y el cambio de aire, se van a disipar los fantasmas de la infidelidad. Que no era que él fuese inseguro, si no que ella tenía muchos amigos hombres. Ella estaba ciegamente enamorada (o mejor digamos que sólo estaba ciega, eso lo resume mejor, aunque podríamos agregar sorda también).
Ana ya estaba recibida, y su título, para él, era una pelotudez. Un psicólogo era un boludo te cobraba por escucharte hablar. Decía que era ridículo estudiar eso. Que era como hacer una carrera para aprender a respirar.

Cinco años después (un año y medio en Mendoza) ya estaban embalando todo para volverse.
Ana, embarazada de diez semanas. Hernán, gordo como de treinta y seis semanas.
Ella había empezado a tomar clases de Tai Chi Chuan, no sabía nada del embarazo. La vuelta también la decidió él. Dijo que no había las posibilidades de crecimiento que le habían prometido originalmente, entonces volvía a su puesto anterior. Había dos rumores, uno era que se había querido llevar a la cama a la mujer del gerente, el otro era que lo había hecho.

Estando en la ruta sonó el celular de Hernán, al atender se escuchó una voz de mujer, que balbuceaba colérica, pero una frase se oyó fuerte y claro "¡Sos un cobarde hijo de puta!" y cortó.
Ana fingió no escuchar, y preguntó quién había llamado, él respondió que una compañera de trabajo. Aunque eso no cerraba, porque desde el primer día él se había encargado de repetir varias veces, que ella podía quedarse tranquila porque no había mujeres en la oficina, ni una sola.
Durante las diez horas restantes, sólo se rompió el silencio con las cajeras de peaje, y los playeros de las estaciones de servicio. Ana llegó muy descompuesta, fueron directo a la clínica. La guardia estaba saturada, y tuvieron que esperar dos horas. Dos horas ahí en silencio, aumentando la presión. Les dijeron que ahora ya estaba estable, pero que había perdido el embarazo, cuya existencia desconocían hasta entonces.
Ana lloró desconsolada, por el embarazo, por la ida, por la vuelta, porque sabía que Hernán había estado con otras mujeres, se lo habían dicho y no lo quiso creer. Lloró por todo lo que nunca había llorado, por el padre que le había tocado, por la madre que no había tenido, por la madre que no sería, por el compañero que Hernán nunca había sido.
Paró un taxi, y fue a la casa de Juliana, que no estaba. Llamó al celular y le dio apagado, entonces esperó. Seis horas tuvo que esperar, hasta que Juliana llegó, junto con su compañera (habían hecho cine y cena). Ana estaba sentada en el cordón de la vereda abrazada al bolso matero, con la cartera colgada, y limpiándose la nariz con un pañuelo que estaba ya más congestionado que ella.
-¡¿Qué te pasó?!- Gritó Juliana corriendo a levantarla.
-¡Perdí el bebé...!- Sollozó Ana, con esfuerzo.
-¿No me dijiste que estabas...?- Respondió Juliana.
-Por que, no, sa bi a nada yo tampo co- Dijo Ana, sumergiéndose nuevamente en el llanto.
Juliana y su compañera, no pudieron más que sumarse al llanto en un abrazo. Lloraban por el reencuentro, por el embarazo perdido, el desengaño, la impotencia. Lloraban porque lloraban, que una vez que se empieza, cualquier motivo es bueno para desahogarse. Ana no volvió a ver a Hernán, sus cosas las fue a buscar Juliana.

Seis años y dos meses después, Ana estaba trabajando nuevamente, había conseguido trabajo en una librería. Estaba viviendo sola y nuevamente sus francos los pasaba en el barsucho sobre la Av. Rivadavia. Pizza, maní y cerveza. Nada era como antes, pero eso no era del todo malo. Había vivido muchas cosas, aprendido mucho. Estaba practicando Tai Chi nuevamente, las cosas empezaban a acomodarse, el agua empezaba a calmarse. Una madrugada, Hernán apareció en el bar, de la mano con otra mujer. Si, sintió nauseas, y ganas de tirarle con la bandeja de la pizza, el envase de cerveza, los vasos, y todo lo que había a mano. Con el maní, no, porque no pesa nada, así que no le iba a doler.

Seis años y cinco meses después, Hernán volvió a ir al bar, solo. Se acercó a la mesa aprovechando que Juliana se había levantado. Le rogó que lo perdonara, que le diera otra oportunidad, porque iba a ser distinto, dijo que había cambiado, que no había tenido malas intenciones, que la extrañaba. Y todas esas frases hechas, que parecieran salir del manual "cómo recuperar a tu pareja cuando corrompiste hasta la raíz de la pareja misma". Ana, no esa madrugada, si no dos francos después, finalmente cedió. Al otro franco, ella fue a la casa de Hernán, a estar un rato con él, antes de ir al bar con Juliana. Él le pidió que no fuera al bar, que se quedara con él. Se habían visto todos los días de la semana, porque el vivía cerca de la librería, y ella se estaba quedando casi todos esos días allí. Pero como era el primer franco desde que se habían reconciliado, le pareció lo correcto.
Esa noche tomó conciencia del nivel de violencia física que había en la relación. Cuando ella sugirió comprar cerveza y hacer pizza, mientras se ponía la campera para ir al chino, y él apareció de la nada y la agarró de los pelos diciéndole "sos una putita de mierda, no te aguantas una semana sin pensar en ese Pablo". Ana no volvió al bar, a Hernán no le gustaba que fuera.

Nueve años y nueve meses después, Ana estaba conviviendo otra vez con Hernán. Había perdido el puesto en la librería, por faltar. Ya no tenía ganas de maquillarse los moretones, y que, indefectiblemente, cuando volviera Hernán la interrogase acerca de si había o no, estado con otro tipo. Porque el GPS marcaba que se había quedado seis minutos quieta afuera de la librería.

Diez años después, Iban en auto, manejaba él y sonó el celular de Ana.
Hernán, por intentar ver que decía el identificador, dejó de ver el volante, y se llevó por delante a un joven que iba en bicicleta. Frenó de golpe, pero ya era tarde.
Ambos bajaron del auto. Él fue a ver cómo estaba su paragolpes delantero. Ella se acercó al joven que intentaba levantarse. Le dijo que se quedara ahí, que iban a llamar una ambulancia y le preguntó cómo se sentía.
Hernán se acercó furioso a reclamarle, cómo que a el no le había preguntado cómo se sentía. Sugirió que ella seguro lo conocía, que el interés seguro venía por ahí. Porque ella era una puta y conocía a todos los hombres. Y que todo era su culpa, porque se distrajo por la llamada del forro con el que se estaba acostando, y más, y más, mucho más, en una escena surrealista, ante la mirada de los transeúntes, y el desorientado ciclista desde su asiento en primera fila.
Entre la paciencia y el miedo, Ana lo dejó gritar y gritar, y cuando finalmente llegó la policía intentando entender que había sucedido, entre la bicicleta hecha un moño, el ciclista sentado en la calle, y el hombre que le gritaba a la mujer.
En ese momento, con la fuerza que le dio la bronca que venia guardando hacía años y años, empezó:
-¡Callate un poco, pelotudo. Me tenés harta con tus celos y tus miedos!-
-¡Acabás de desparramar a un ciclista en medio del pavimento, y me hacés una escena porque le pregunto cómo está!-
-¡Después me echás la culpa del accidente, porque recibí un llamado...! ¡Vos sos el pelotudo que quiso mirar a ver quién me llamaba en vez de preguntar, vos dejaste de mirar para adelante porque sos un sorete!-
La cara de Hernán parecía que iba estallar de odio y verguenza.
Ana seguía:
-Sos un sorete y un cagón de mierda ¿por qué no me agarrás de los pelos ahora que tengo un policía federal al lado mio?-

-¡¿Y sabés quién me llamó? ¡Pelotudo! ¿Quién es el supuesto amante...?!-
-¡Tu mamá, para preguntar si ya ponía los ravioles!-

Se fue corriendo, Hernán no la siguió, porque una policía le dijo que no podía retirarse todavía.
Cuando sintió haberse alejado lo suficiente, se sentó a tomar un café, para recuperar un poco el aliento, y tratar de procesar todo lo que le estaba pasando por dentro. Al lado del café, había una librería de usados. Al salir notó en la vidriera que había un cartel de un concurso de poesía. El vendedor, que la vio mirando el anuncio, y vio su expresión de dolor, se acercó y dijo:

-Lo que sea que esté sintiendo ahora, si es tan fuerte como para que usted esté así, entonces tiene la intensidad necesaria para ser el combustible de una obra de arte. Use su aprendizaje, para enseñar a sentir a los demás. Es una magnífica fuerza creadora.-
Y del bolsillo del saco tomó una libreta y una birome y se la entregó.
-Por favor, escriba- Sonrió, y se fue para adentro del local.

No salió primera, tercer puesto fue lo que obtuvo. Después de la entrega de premios, se acerco una mujer y le ofreció sumarse al equipo de trabajo de una pequeña editorial. Le dijo que estaban buscando gente que vibrara por las letras.

Continuar
Ana volvió a ver a Hernán, muchas veces. Algunas veces por casualidad y otras porque él la buscó, pero lo que no volvió, es a hablarle. Nunca más, ni una sola palabra.
Con Juliana empezó a juntarse cada vez que podía, como mínimo el franco en el bar, una vez a la semana. Aunque la complicada pasó a ser ella porque hace unos meses que finalmente lograron adoptar, una beba. Ana, se llama.


















viernes, 14 de agosto de 2015

Tiene razón, yo estaba en lo cierto

Una mesa de café, media medialuna (cuarto menguante) y un tostado
¿Se acuerda compañera? Comenzamos este texto como, como un amanecer, con esa esperanza de algo que comienza. Empezaba casi prolijo, pero poco a poco fue desbordando...
Y con tanto río que crece no sé realmente para donde correr, es decir, sigo caminando mientras tanto.
Por momentos un constante ruido entre mis pensamientos: muchas cosas que quisiera resolver y no he resuelto, y en otros momentos, todas las cosas que no quiero que sucedan pero que veo suceder igual.
A veces ese ruido se calla y hay un silencio, un silencio capaz de abarcarlo todo y realmente no puedo ni escuchar mis pensamientos. Ahí es cuando su voz es lo único que escucho ¿me explico, compañera?

"El peso de la brújula" "dónde quedó la brújula" y "ya fue, sigamos al sol"
No se donde voy. Se que no soy el único. Soy tan único como todo el resto, terriblemente lo sé. Pero también se que no somos todos, los que tenemos necesidades particulares. Hay necesidades muy comunes que son compartidas por las grandes mayorías (que, a pesar de entender muchas de esas necesidades, no las comparto).

Mirando sus manos, mirando las mías, es tan difícil y a la vez tan sencillo, porque tengo en claro que no tengo rencores, de verdad que no, compañera. Es (el rencor) una mochila inútil.
No persigo el olvido (cuanto menos una riñonera, inútil). Hay un afecto que me impide perseguir ese olvido, hay un afecto que me impide generar ninguna clase de rencor. Eso para algunos casos, hay otros donde aprendimos juntos a comprender, aún cuando no se llega a perdonar.
Y es todo tan constante y tan intenso. Y usted en silencio, y yo no puedo dejar de pensar. Son palabras y palabras y palabras, y todo está ahí. Y ese todo es una nada, es, es una gran superficie vacía, no hay siquiera en que posar la mirada. No hay una distracción.
Hay sin embargo, en ese vacío, una especie de atracción gravitatoria que hace que confluyan los recuerdos junto con los proyectos, las ideas y todo lo que parece venir de ahora se junta con lo que venia de antes. Y de algún modo todos se llevan muy bien entre ellos. A mi no me dejan mas que mirarle de lejos. Todas esas cosas que son mías me resultan tan ajenas.
Es como... tantas comparaciones ¡tantas comparaciones! y mi vida es una película.
Mi vida es una película probablemente de algún director europeo, increíblemente creativo y completamente fuera de su tiempo, porque no logro captar realmente que es lo que quiere decirme. Entre estos últimos días hay muchas cosas que dan vueltas: no contemplo la muerte como una salida, pero no contemplo la vida como un camino a seguir tampoco. Creo que debe haber algo más, y no lo estoy viendo. No puedo encontrarle un verdadero sentido, miro hacia adelante, miro hacia atrás, hago cálculos en el aire de las cosas que uno hace, los tiempos, lo que valen los tiempos. Pienso en las cosas que no hice para no perder tiempo y en las cosas que hice para disfrutarlas, para no perder tiempo tampoco.

Preguntas sin respuesta o preguntasin respuesta (que quiere decir, preguntas in respuesta, o sea, preguntas dentro de la respuesta, porque re obvio que sé Inglés)
Si bien me he planteado muchas veces que es lo que quiero hacer, cuando pienso el tiempo que llevan las cosas y el tiempo que realmente tendré para disfrutar lo que creo que quiero hacer hoy, y no le veo el sentido. Me encuentro frente a frente con un enorme reloj de tormenta-de-arena, finalmente creo entender el copo de nieve, que suena al crepitar de la llama. Mi batalla contra el tiempo, compañera, ha sido testigo. ¿He nacido para venir a blandir mis tan numerosos como caóticos (a veces incoherentes) argumentos contra el paso del tiempo? ¿O es que acaso soy producto de una generación que considera que la vida después de la juventud ya no es vida?
Creo que no me ayudan los ejemplos cercanos.
Aunque también entiendo que esa calidad de vida está determinada por lo que yo vaya haciendo durante estos años. Eso lo entiendo perfectamente.
Pero aun así, no logro mirar para adelante con esperanza y deseo de llegar a ese futuro.

Estoy como con escasez de utopías por el momento 
(ya están pedidas, pero no vino el camión).
Y en algún punto les envidio a las mayorías, esas necesidades (no existenciales) tan fáciles de cubrir.
Quizás si, muchas de esas son materiales y se necesita dinero para resolverlas, pero el dinero es conseguible, tarde o temprano lo es.
Yo quisiera tener un pequeño taller donde poder pasarme el día entero,
trabajando con las manos, pensando, resolviendo.
No es lo único que haría, también me gusta interactuar con las personas y de sus mundos tomar ideas y tratar de aportar con lo que se me ocurre. Muchas veces tomo lo que veo, problematizando las situaciones que veo, tratando de aportar alguna clase de solución o algún tipo de paliativo.

El barco necesita un capitán
Sobre todo en este ultimo tiempo, me resulta complicado transitar esta senda sin ninguna clase de rumbo (no es que no tengamos timón en este barco, pero es que nuestro capitán actualmente está adolesciendo una etapa donde no sabe si quiere dedicarse al turismo o a la piratería real).
Entiendo en un sentido muy sencillo algunas cosas, pero a la vez mucho, cuando se suma, porque veo pequeños detalles del sufrimiento ajeno, cosas que las personas no dicen. Me pregunto entonces, si esas personas completamente funcionales son felices en algún punto, o solo se entretienen, se divierten, ponen su atención en otra cosa, y siguen para adelante. No me creo esos cuentos del borracho feliz, o del gordo feliz
(confieso que me cuesta creer en la felicidad como concepto, pero en fin)
No me alcanza esa forma de vivir. No me alcanza, y me embarco en una constante búsqueda para tratar de encontrar lo que no tengo. No un estado homeostático, pero algo de equilibrio.

Aquí, por ejemplo, es donde jugábamos al huevo podrido, digo, letrado (jugando al huevo letrado, le tiro este postulado...)
No se si nunca lo tuve, o es que, quizás, parte de lo que uno omite de su infancia no sólo sea para seguir adelante, sino que es precisamente para querer seguir adelante. Quizá en algún momento tuve la felicidad que hoy no tengo. No la recuerdo. Y quizá no recordarla sea el quid de la cuestión.
En algún punto, es cierto, que creí en una construcción que me parece que es colectiva, de la felicidad de la infancia y lo bien que uno se la pasa cuando es niño, y sin embargo, mirando hacia atrás, la mayoría de los recuerdos son muy dolorosos. Todo era un mundo tan grande, todos los problemas eran tan imposibles de alcanzar ninguna clase de solución.

Y aquí donde jugábamos a la ronda y dábamos vueltas y vueltas sobre el mismo patio.
Realmente, hoy no la veo esa felicidad. Creo que quizá pueda ser yo, simplemente yo, que no es que eso no haya sido bueno para mi, sino que yo no puedo verlo así. O quizá yo no recuerde las cosas buenas. Sigo dándole vueltas a lo mismo, sigo caminando en círculos, yendo y viniendo, viniendo y yendo. Tanto tiempo caminando sin llegar a ningún lado y al mismo tiempo estoy en otro lugar, estoy en otro momento, estoy haciendo otras cosas, soy otra persona.
 En esta clase de situaciones me pregunto: ¿no quiero hacerme cargo porque no puedo? o ¿no puedo hacerme cargo porque no quiero?
¿Por que no puedo valorar todo lo que he evolucionado desde que empecé a tomar decisiones en mi vida? desde el momento en que elegí hacerme cargo de mis decisiones, desde el momento en que dije: las decisiones tengo que tomarlas yo, y no dejar que esas decisiones se tomen solas, porque la única forma de mirar para adelante y decir voy a seguir, fue decir, voy a seguir porque yo vine hasta acá, yo lo elegí.

La falta de sentido, la duda, yo, tú, el, 
(y alguien que pague el vino)
Quizá toda esta crisis tenga que ver con eso, que ya no me alcanza con decir que yo lo elegí. Porque si bien es cierto, no menos cierto es que el yo que eligió eso, no soy yo.
Porque es cierto que no volvemos a ser los mismos. Es decir, siempre soy yo, pero nunca vuelvo a ser yo. Estoy siendo yo, no soy. No soy un absoluto, constante, abstracto, inalterable.
Nada tiene sentido. No hay un sentido universal que pueda ser aplicado, creo que terriblemente fue un acierto ese adjetivo, categórico. Sí que lo fue.
Todo envejece, se agrieta y se pudre.
La lluvia y el frió de esta temporada no ayudan en nada para mi humor, definitivamente no.
Según lo que he aprendido, no esta mal tener dudas, es el principio de la filosofía, preguntar.
No es la duda en si misma lo que me preocupa, no es la aparición de nuevas dudas, he tenido dudas toda mi vida. O, al menos, toda la vida que puedo recordar.
Lo que me preocupa es no tener ninguna clase de certeza, o de solución ante tanto problema que veo alrededor mio. Problemas que me afectan, y problemas que supuestamente no me afectan pero ante los que no puedo quedarme quieto.

Otro párrafo para sacar galera y paraguas y bailar bajo una lluvia de conjeturas al mejor estilo Gene Kelly
Hay un montón de factores, de pequeñas cositas que fui incorporando a la ecuación, creo que después de lo que he aprendido puedo afirmar que toda esta inseguridad que tengo tiene que ver en cierta medida con lo que he vivido de pequeño. Que a pesar de repetirme que nada de eso podría afectarme ahora, que ha quedado detrás, me afecta. Según la psicología promedio, me cuesta tomar decisiones, me cuesta creer que mis proyectos van a llegar a buen puerto, porque mis padres no me dieron suficiente apoyo. Quizá redondearía yo la idea con, no mis padres, sino el entorno adulto, los adultos que en ese entonces respetaba,  y que, o no me dieron el afecto o el apoyo, o yo no lo supe recibir.

Hoy el único cable a tierra que encuentro es la expresión a través de la tecnología, porque me cuesta llevarme con el papel. No se porque porque, pero lo he notado. Creo que tiene que ver, al menos en parte, con una necesidad de cambiar lo que hago, y el papel me complica mucho el borrado, la edición... En cambio cuando dibujo, escribo, o pinto en una computadora, puedo deshacer, reformar y cambiar sin tanta complicación.

¿Racionalizaciòn del existencialismo reproductivo o 
reproducción existencialista de la razón? 
¿Un serio planteo del asunto, o una forrada pseudocientífica?
En tanto planteo de todo esto, sigue en pie la pregunta:
¿Concrétamente, cual es el sentido de seguir?
En ese seguir, en esa continuidad, me pregunto también:
¿cual es el sentido racional de la reproducción?
Por mas que quisiera, en algún punto, guiar un ser pequeño en sus inicios, no puedo superar la idea de traer una persona a vivir, con viento a favor, al menos la mitad de lo que me toco vivir. No le encuentro el sentido. ¿Que clase de ser querría que otra persona sufra lo que le toco sufrir? Por otro lado podría decir: bueno, no, con un poco de suerte quizá sea una persona lo suficientemente promedio como para encajar en absolutamente todo, y que jamas se cuestione nada, que jamas se pregunte para qué está. ¿Cual es el...? Realmente no encuentro el motivo de querer que alguien venga al mundo siendo tan chato, para que no sufra...
Supongo que cada cual tendrá su motivo para reproducirse. Cada vez que pregunto, me encuentro con distintas cosas. Algunos, en mi opinión, creo que me mienten cuando plantean que simplemente quieren, creo que allí hay una cosa muchísimo mas interna, y que no pueden explicar. No creo que lo racionalicen.

Terriblemente este mundo esta condenado a ser cada vez peor, precisamente porque la mayoría de las personas que tienen hijos, no son las que se cuestionan como mejorarlo. Suena horrible, y es una forrada, pero no por eso suena menos cierto.

Quizá todo esto no tenga sentido, compañera, y sean palabras sueltas como suele ser la verbalización, en la oralidad siempre hay un constante retorno a lo que se está diciendo. A veces para enfatizar, o porque quien habla necesita volver para concretar alguna exposición.
En este caso supongo que todo gira en torno a que no entiendo para qué vivir así. Corrección: en concreto, no entiendo para qué vivir. Hoy no creo en una salida universal (una puerta para salir del universo, apagame el sol que me quiero bajar de esta rotación-traslación) me parece que no tiene sentido, que con todas las complicaciones que he tenido que enfrentar para llegar a donde estoy, y creyendo que quizá en algún punto (vivir) pueda llegar a ser entretenido...

No sé. Desde un día como hoy, claramente me cuesta entenderlo, me cuesta creer que haya felicidad, que haya una luz al otro lado del túnel. Yo no la veo, no veo un carajo, de hecho.
En un día como hoy todo gira en torno a que no entiendo para qué. Sigo intentando, por las dudas, porque con un poco de suerte, me lo pase lo suficientemente entretenido como para poder encontrar pequeñas cositas que hagan que valga la pena.
Creo que uno de los golpes mas fuertes, fue, no se si destrucción, pero si fue, el despegue de los vínculos afectivos, cuya construcción valoré. Y en la cual realmente puse energía. No tengo idea de si se supone que sea así, que uno construya vínculos (afectivos) y éstos se corten, así como así. Que sé yo, supongo que también hay un poco de eso en la naturaleza, porque cuando una persona fallece de forma 'accidental', una persona de la que uno biológicamente no esperaría que termine su ciclo de vida. Entonces uno se ve forzado a interrumpir ese vinculo de algún modo. Es decir, no interrumpe el afecto, pero interrumpe la conexión con esa persona, porque no está (se le cayó el wifi, por eso no tiene más conexión). Porque no puede seguir fluyendo esa conexión, esa energía.
Sin embargo cuando esas personas si están, y uno pierde sus conexiones. Sobre todo cuantas más conexiones pierde, y de golpe. Es muy difícil de afrontar.

De cara al futuro (o de culo, al futuro, está por verse)
Me pregunto ¿qué habrá de suceder mañana? constantemente, pero al mismo tiempo, tengo siempre un ojo mirando hacia atrás preguntando porqué sucedió todo esto, todo lo sucedido me lleva a ser la persona que soy hoy, y eso me lleva a preguntarme ¿por qué ser la persona que soy hoy? ¿realmente fueron mis decisiones las que me trajeron acá, o eso es solamente una ilusión, y no he elegido nada de todo eso?
Es como creer que uno elige cómo salir dentro de un laberinto, que uno elige qué camino tomar. Y hay ciertas opciones, y hay salida, pero en concreto, hay una serie de pasillos pre-determinados, y una cantidad de salidas, también determinadas a priori. Uno tiene la ilusión de tomar decisiones porque dobla donde quiere. Y entonces no se ha tomado ninguna decisión, solo se ha tenido la creencia de que se decidía algo.

La voluntad y la existencia de la fé vs el deseo de tomarse el buque(o un vino, o lo que llegue primero, o un buque con la bodega cargada de vino)
Hoy lo que mas me cuesta, de verdad, es entender porqué se supone que vale la pena aguantarse todo lo que uno transita, tanto sufrimiento emocional, y como si dentro de la propia existencia no hubiera suficiente, existe la empatía, para lo que está afuera. Esa maravillosa capacidad de sufrir con el otro, quizá de alegrarse con el otro, pero en estos últimos años, me cuesta mucho ver alegría en algún lugar. Definitivamente, hoy no entiendo nada.
No entiendo la vida, después de la finalidad reproductiva, es mas creo que ya a esta altura, habiendo pasado mi juventud y alcanzado la madurez biológica suficiente como para poder reproducirme, creo que sin reproducirme, ya soy un sujeto completamente inútil, un desperdicio de recursos.
Ya he cumplido mi ciclo vital. Debería haberme reproducido, dejado una criatura de unos cuantos años que ya pudiera caminar y conseguir su propia comida, y eso seria todo.
Quizá suene un poco vació creer que nuestra existencia sea meramente con fines reproductivos, pero es que a pesar de tanta complejización, solo existimos para continuar existiendo. Quizá tenga que ver con eso también, me cuesta ver para qué, porque no quiero pasar la antorcha, porque no quiero dejar de existir y dejar a otro existiendo. Quizá no quiera aceptar que mi ciclo va a terminar en algún punto y tengo que dejar a los que siguen.
Quizá tenga alguna clase de complejo de ser eterno, no debo ser el único, tristemente hay tan pocas cosas en las cuales ser original.
Hace mucho tiempo, realmente, que vengo pensando todo esto. Lo que no quita que no he llegado a ninguna conclusión alentadora, esperanzadora y propulsora de nuevas utopías como decía antes.
Quizá no tenga sentido para mí porque soy solo una pieza de esta gran maquinaria que es la humanidad, más aún, el universo entero. Es cierto, quizá a un tornillo de una maquina enorme, le costaría entender el sentido de su existencia, es más, hasta podría pensar  que si se suelta y queda tirado ahí a un costado del todo, nadie notaria la diferencia. Sin embargo, ahí estaba, alguien (o algo) considero que allí tenía que estar, que sí, había una diferencia entre poner ese tornillo o no ponerlo. ¿Será que es así, será que nuestra existencia tiene tanto sentido como eso? ¿Pensar que debe tener sentido porque de otro modo no existiríamos? Es un maravilloso planteo filosófico, aunque lo encuentro un poco pobre, a la hora de alentar a alguien hacia la vida. Quizás, mi pobreza sea de fé, y no esté en el planteo.

Dioses a medida, depresión, y la tercera ley de la robótica
Y aun con todo lo que me pregunto, con todo lo que no entiendo, hay algo que es ineludible, y es que siento un profundo dolor cuando pienso en todo esto, o incluso aunque no piense (conciéntemente) también sucede a la inversa, este sufrimiento me lleva a la reflexión ¿de dónde viene? ¿qué sentido tiene? porque si bien comparto esa teoría moderna, bueno, quizá no tan moderna, de que el sentido de la depresión en la existencia es para replantearse decisiones, metas, es para abandonar algo que al menos a corto plazo, no resulta beneficioso. No resulta beneficioso de esperar: quizás, a corto plazo, ganarse la lotería seria beneficioso; lo que no sería beneficioso es estarlo esperando.
Definitivamente, y con esto ya voy cerrando la pagina, no entiendo cual es el sentido de todo esto, estar así ¿por qué seguir? no tengo ninguna responsabilidad ¿qué arrastro si me voy? ¿qué sucedería si dejo de existir? si un día alguna maravillosa deidad decidiera borrarme, y me existencia cesara, así, nada más. Sin cuerpo, sin rastro, nada, de golpe ¡Puf! y no estás más, y todos lo sabrían, no habría misterio, dirían: ¡Oh! si, fue aquella deidad que eligió que no existiera más, que considero que así debería ser. Y nada más, y nadie se cuestionaría nada. Quizá suene ridículo, pero tiene tanto sentido como la existencia que hoy llevamos.
Cada quien se la justifica como quiere, hay quienes eligen crearse deidades, llegando (éstas) incluso a imponerles la obligación de seguir vivos. Qué terrible para aquellos que predican el mensaje de que esta vida es tan maravillosa, necesitar alguien que les prohíba terminarla ¿si es tan maravillosa, por que siquiera contemplar el terminar su propia vida?
Creo que el prohibirle a una persona que termine su propia vida debe venir de una época tan horrible, tan insoportable. Quizá de algún momento histórico donde hubiese un ejercito en crecimiento, probablemente un ejercito de personas forzadas a unirse, entonces les prohíben terminar voluntariamente con su propia vida, para mantener el ejercito y nada más.
En este punto que estoy, hoy, en ésta casilla de éste tablero, no veo mucho más que eso.
Por ahora, creo que eso es todo lo que tengo para decirme.

¡Vivo para lectoescriturar!
Si me pregunta para qué vivo, compañera, creo que mi primera respuesta sería que para que usted pueda preguntármelo, la segunda que para poder escribir, y de ahí en adelante seguramente diría alguna que otra respuesta ingeniosa. Pero para hacerlo más corto me quedo con la lectoescritura.