"Era un mundo tan simple que nada tenía sentido, pero todo lo merecía"
Mario aleja su silla de la mesa, suelta el botón del jean, y baja la bragueta hasta la mitad.
-¿Insinuás algo? -Pregunta Shara-
-¡Sí, que comí demasiado! -Responde Mario suspirando media sonrisa-.
Ambos sueltan la carcajada.
Para vos, Shara, con el cariño que demuestra ese abrazo instantáneo y cálido, de la corona de fuego al encender la hornalla - Dijo Mario, entregándole un manuscrito con un sello de cera -
Shara ladeó su cabeza, e hizo un ademán con la mirada encendiendo chispas en sus pupilas. En lo que pareció casi un sólo movimiento, abrió el sello y desdobló el manuscrito. A medida que avanzaba en el texto, se intensificaba el movimiento pendular de sus ojos, éstos recorrían ansiosos el papel de margen a margen.
Sharareh leía incapaz de detenerse, no comprendía porqué le atrapaba tanto su prosa, ni tampoco porqué él quería escribirle, lo hacía con frecuencia; las más de las veces sus textos eran una sucesión de halagos altisonantes, adornados con un vasto vocabulario, que describían las andanzas de princesas, reinas, hadas, magas, esclavas y demás, de cuyas características siempre resaltaban algún aspecto sospechosamente parecido a Shara.
-Mario, vos estás completamente chiflado -Dijo ella-
-Puede ser, -Replicó él- pero sólo los martes por la noche, cuando tenemos este fugaz encuentro de deleite gastronómico.
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