Al volver del baño, el hombre caminaba por la casa vacía de su niñez como buscando algo. Al amanecer fue hacia la cocina a preparar un mate,
la melodía que sonaba en la radio le resultó familiar.
Puso el agua a calentar, alistó el mate, Y se sentó en la mesa a esperar.
Miró sus manos, sus manos sobre la mesa, miró la mesa,
y sobre la mesa había un atado de sueños que miraba al cenicero de la utopía,
el cenicero y el atado junto al encendedor de la esperanza.
El hombre tomó un sueño del paquete, lo acerco a sus labios y lo besó dulcemente,
lo encendió de esperanza y lo vió consumirse en una seda blanca
que ascendía hacia el techo mientras él entregaba sus cenizas a la utopía.
Absorto observando aquella división de cuerpo y alma de sus sueños,
escuchó lejano el repiqueteo de la tapa de la pava. Hora del mate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario