jueves, 15 de agosto de 2013

Cuento de La Noche

Llegó la noche, sin avisar, como tantas otras veces. Pero esta noche era la noche de las noches, era la noche a la que se le pone el pecho para probarnos que todavía lo tenemos, que no hemos sufrido daño alguno provocado por esos vórtices que suelen abrir las penas en los pechos de las personas, y que ademas de ir succionándole el corazón, hasta dejar ni mas ni menos que un vacío que sólo la metafísica podría explicar, a veces llegan hasta a tomar el pecho completo, y entonces la persona se encuentra totalmente incapacitada para realizar cualquier actividad, que le requiera poner el pecho. En este punto, le hubiere resultado menos grave que el vacío se llevara una oreja, un mechón de pelo, un meñique del pie o quizás hasta un talón, quien sabe. Pero lo que es seguro, es que si se pierde la capacidad para ponerle el pecho a las cosas, se pierde mucho mas que eso, porque ademas se pierde la puerta a las partes que el puerto del pecho firme y aguantador, podría habernos invitado, se pierden los posibles escenarios que tales pecheadas hubieren montado para quien se dignare a aguantar y obviamente la valiosa experiencia y el delicioso sabor de la victoria que ofrecen los resultados favorables, cuando uno arriesga su pecho. Entonces, teniendo en cuenta todo esto, podemos afirmar que era importante la situación, por eso ameritaba un aviso previo, aunque la noche no lo haya visto de ese modo. Con un aviso, al menos, hubiese intentado tomar un vaso de agua o una pava de mate, para tener saliva suficiente para con mi lengua poder blandir un batallón de palabras que defendieran mi sueño tranquilo, de las pesadillas que rondan los rincones como cucarachas que osan posarse sobre mi frente a murmurarle a mi mente la personificación de mis peores miedos, mientras duermo. Por eso mismo quería que la noche avisara, pero aun sin hacerlo, tuvo una grave falla estratégica, subestimó a su oponente. Yo, como heredero del nombre que porto como estandarte y astuto como pocos, desafiado en el sueño, me desperté como el rayo para aplastar cual cucaracha al esbirro que la noche había mandado a torturarme. No vuelvas a desafiarme, noche, mis ojos brillan mas que tus estrellas, y mi corazón, es mas grande aun que tu luna. No vuelvas a enfrentarme a menos que estés decidida a perder, porque no creo en el miedo y el odio como fuerza de vida, creo en la fuerza que mi corazón bombea a cada latido, y esa fuerza es capaz de borrar la oscuridad de mil noches sin luna. No vuelvas a enfrentarme, noche, a menos que vengas a pedirme ayuda, no te presentes ante mi con tus estrellas afiladas y tus lunas a medias. No quieras destruirme porque no puedes entenderme, o te veras de frente con la cruda razón de la condición de mortales de los seres humanos y verás que no necesitamos la eternidad para aprender a poner el pecho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario