jueves, 15 de agosto de 2013
Escribiendo
-Mentimos tán creíblemente, por eso nos leen -dijo él-.
-¿Que mirás? -preguntó ella-.
-Tus piernas -respondió él, y agregó-
-¿Cómo va la novela?.
Ella desprendió con pocas ganas la mirada de la lectura, y con una mueca que anticipaba la burla, disparó -tristemente predecible, muy predecible, ¡Cómo si fuera la tercera vez que la leo...! -Dicho esto, se mordió el labio inferior, y le sonrió meneando la cabeza-.
Y era casi cierto, para ser exactos era la cuarta, pero la primera vez no tenía final escrito.
Ella se levantó de la cama para darle un beso, de pasada dejó las hojas sobre el escritorio, y fue hacia la cocina a preparar un mate.
Él, le devolvió el beso, le acaricio la espalda, le tomó la mano un momento como para retenerla, y luego la soltó. Él y su imaginación eran un universo al que pocas veces ella accedía, pero estaba bien, entendía que cuando él comenzaba a sumergirse en las profundidades de su mente, sólo quedaría un recipiente de humano, un cuerpo funcional, y capaz de responder y actuar en situaciones simples.
Se habían conocido gracias a esto mismo, él vivía colgado de una nube, así perdió tres veces su turno con el optometrista. Cuando finalmente recordó la cita a tiempo, la encontró en la sala de espera, sus miradas se cruzaron, ella pensó que tenía cara de oveja esquilada, pero de alguna forma le quedaba bien. Él pensó que ella nunca le iba a dar ni el buenos días, que seguro tenía novio.
Y es así esta vida, podría contarte cuando se conocieron, lo primero que se dijeron, una palabra tras otra, y armarte un texto de esos que lo mirás fijo y te devuelve la mirada, se presenta formalmente y te lleva a dar una vuelta por ahí; pero hoy no, hoy te doy sólo un bocado, un poco de esto y un poco de aquello, lo suficiente como para que arranques y pongas primera, pero no de golpe, para no ahogarte el motor.
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