jueves, 15 de agosto de 2013
Ese humor
Y por si poco fuera, tenía un-humor-de-mierda, exclamó Mariano, y golpeó sus muslos con ambas manos como si espantara las palabras al salir de su boca.
Mirá, Marito. Nos conocemos mucho, ya, - suspiró Claudio - así que voy a ser franco… ¡Vos vivís de mal humor…!
¡Mentira! ¿¡Cuándo estoy yo de mal humor!? Respondió Mariano mirándonos a ambos como si fuéramos a creerle.
A pesar de estar parado en la cocina y supuestamente participando de la conversación, no me sentía del todo ahí. Yo estaba en otro lugar, me había quedado pensando en el submarino y la delicadeza de las partes, del todo. Ese acto de sumergir una barrita amarga en la leche caliente y verla derretirse.
Como tantas veces el vaso era más entretenido de preparar que de probar.
Miraba los pocillos en la pared y ese perfume que todavía flotaba en el ambiente. El inconfundible perfume del café. De vuelta al submarino, sumergirme en un recuerdo, yo había dicho que quería un negro doble y el submarino era para ella. Cuando el mozo los sirvió al revés a ella no pareció molestarle, y a mí en un primer momento tampoco. Hasta que me di cuenta que, jugando con la cuchara a mover los pequeños rebeldes de chocolate que no se dejaban derretir, había enfriado el vaso. Hice a un costado y pedí otra vez un doble, con la esperanza de que llegaría, pero con suficiente imaginación como para pensar en escenarios alternativos donde el mozo me traería cualquier otra opción de la carta.
Dijo que se llamaba así porque la noche que iban al hospital, la madre vio un destello en el cielo, y entonces decidió ponerle Luz Estrella. Yo la miraba, miraba esos ojos y pensaba que debería haberle puesto el nombre en plural.
Una vez le dije que tenía algo raro en el pelo - comentaba Claudio - y me salió carísimo, me dice “Sí, me lo corté ¿No te gusta como me queda?”.
Ahí fuiste - acotó Mariano -. Y me miró como buscando quórum. Yo le devolví la mirada levantando las cejas e inhalando lentamente.
Enseguida volví a esa tarde.
¿Cómo se llama ese lugar…? Que está al lado de la librería de usados, si mal no recuerdo…
En fin, no sé porqué terminamos yendo ahí en lugar de ir a lo del viejo donde voy siempre, pero ahí estábamos.
Luce - como le decía la familia -, estaba contándome de los problemas del laburo, que le iban a cambiar el horario, que no le daba el tiempo con los horarios de estudio, que iba a tener que cambiar los días que cursaba y demás. Extendí mi mano y le pregunté mientras tomaba la suya “¿Para vos qué es más importante?”. Ella me miro fijamente por un segundo, deslizando la mirada hacia la mesa, reordenó los sobres de azúcar murmurando palabras que no alcanzaban a ser una respuesta, porque ella no alcanzaba a responder.
La respuesta no es para mí, sentencié. Ella asintió con una risa nerviosa. Se mordió el labio inferior y dijo “Si me vas a dar un beso, este es el momento”. ¡¿Ah, si?! -dije, y agregué- ¿Y si no te doy un beso ahora? ¿Y si no me das un beso ahora…? - preguntó con una sonrisa pícara -, o me comes la boca o te comes un bollo, vos elegís…
Eso le ví, el humor.
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