*No se sienta Vd. falto/a de conocimientos por no saber qué es un fanto, un fanto es alguien como Rogelio, que no necesariamente se llama Rogelio.
jueves, 15 de agosto de 2013
Rogelio
Rogelio es un fanto* de palabras cortas y dulces y gusta de hablar con cierta musicalidad, es muy común escucharlo arrojar a los aires frasecillas simples de recordar con rimas difíciles de olvidar, con premisas claras y concretas. A menudo se zambulle en sus pensamientos y emerge en un monólogo rompiendo contra la realidad como las olas que rompen contra la orilla, con fuerza pero con calma. Rogelio mira a sus costados con temor pero mira al frente con decision, se peina como el viento quiera peinarlo y se despeina después, para no verse complaciente. Vende flores en la entrada de Primera Junta, tiene veinticinco años y está terminando el secundario en una de esas escuelas nocturnas donde mas se aprende a vivir que álgebra, física o literatura. Rogelio dice que quiere ser escritor, que algún día va a ser como esos grandes que suben el valor de sus libros con solo firmarlos. Dice que va a regalar muchos de sus libros y también libros de otros, que todos tienen que leer. Entre el verde y el rojo del semáforo, Rogelio ojea sus apuntes y murmura repitiendo como si instruyera al viento. Y si uno lo saluda, cada día tiene algo nuevo para contar de su Éla (Fiorella, tres años) Le brillan los ojos de solo nombrarla, y lo vieras cuando habla de ambas, su pulmón y su corazón, como él dice, Una le da la fuerza y la otra el aire. Lo vieras como le brillan esos ojos marrones, parecen de plata cuando las piensa, encandilan al verlos.
Antes de volver a casa hace las compras, de camino a la estación. Siempre elige la fruta mas madura para llevarle a su Éla, de postre, aunque siempre la lava y la deja lista antes de la cena y Éla termina convenciéndolo de que le dé la mitad antes de la cena. Cuando llega el atardecer Éla se pone inquieta y ansiosa, no sabe la hora pero sabe que cuando Mamá la mande a jugar adentro, será hora de que llegue Rogelio. Entonces se para frente a la puerta y lo llama con el mismo tono que cuando Rogelio la despierta al darle un beso cada mañana. Lo escucha sacar las llaves de la mochila y se desespera, grita "papá, papá, mino papá". Rogelio abre la puerta despacito porque sabe que Éla esta ahí esperándolo le sonríe y Éla levanta los brazos pidiendo upa, después pide que la haga volar por la casa y que se siente a dibujar con ella. Rogelio la sube a un banquito para que lo ayude a lavar las verduras. Lava mas enjuagando lo que se le cae a Éla que lo que lava en si. Éla mira a su padre, llena de alegría y sonríe mientras Rogelio le vuelve a acercar para que lave la misma papa que ya pasó tres veces por el piso.
Este año Rogelio termina el colegio. Por eso la tarde siguiente estaba pensando en el discurso que le habían pedido que escriba para la entrega de diplomas. Entre semáforo y semáforo apuntaba en una hoja de papel lo que se le iba ocurriendo. En un cambio de rojo a verde un taxista apurado, lo rozó, con tanta mala suerte que Rogelio giró sobre si mismo y cayó de nuca contra el cordon. Cuando llego la ambulancia ya no había nada que hacer. El hombre del puesto de diarios levanto la hoja que tenia Rogelio, que había volado hasta la escalera de la boca del subte.
Entre renglones tachados podía leerse: "Antes que nada quiero decirles gracias a mi mujer y a mi hija, que me dan la fuerza para levantarme cada día". Aunque así lo parezca, la historia de Rogelio no termina acá. Porque durante muchos años mas, va a haber una personita que se va a parar tras la puerta a llamarlo, esperando que llegue, para ayudarlo a cocinar. Y que no importa cuantas veces su madre estalle en un llanto inconsolable y le grite desesperada que papá no va a venir, cuando el dolor le quiebre la paciencia porque Éla no entiende la muerte, Éla lo espera como siempre.
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